El Horror de Dunwich: el hijo que Yog-Sothoth engendró en una colina maldita
En la decadente aldea de Dunwich, Wilbur Whateley crece demasiado rápido y guarda un secreto en el granero: un gemelo invisible engendrado por un dios exterior.

Hay lugares que parecen sostenidos por algo más que la geología. En la obra de H. P. Lovecraft, uno de esos lugares es Dunwich: una aldea perdida en el interior de Massachusetts, rodeada de colinas redondeadas y coronada por círculos de piedras antiguas, donde el incesto, la pobreza y una vieja brujería se han ido enredando durante generaciones hasta pudrir el aire. Es el escenario de El Horror de Dunwich, publicado en 1929, una de las historias más célebres y más extrañas del autor: extraña porque, por una vez, los hombres ganan.
Una aldea que se cae a pedazos
Lovecraft dedica las primeras páginas a hacernos sentir Dunwich antes de mostrarnos su horror. Es un sitio en decadencia, despoblado, donde las casas se hunden y la gente desconfía de los forasteros. Por las noches, desde las colinas, suben ruidos subterráneos —los lugareños los llaman “el rumor de los whippoorwills”, los chotacabras que, según la superstición, esperan para atrapar el alma de los moribundos—. El paisaje mismo está enfermo, y esa atmósfera de degeneración rural es uno de los grandes logros del relato.
En ese mundo aislado vive la familia Whateley. El viejo Whateley es un brujo medio loco que estudia libros prohibidos; su hija, Lavinia, es una albina deforme y solitaria. Y en la noche de Walpurgis de 1913, sin padre conocido, Lavinia da a luz a un niño: Wilbur.
El niño que crecía demasiado deprisa
Wilbur Whateley no es normal, y el pueblo lo sabe desde el principio. Crece a una velocidad imposible: a los pocos meses camina y habla; a los diez años aparenta ser un hombre adulto, alto, moreno, de aspecto caprino y voz extraña, siempre cubierto hasta el cuello aunque haga calor. Hay algo en él que repele a los animales y a las personas por igual.
Mientras tanto, en la granja de los Whateley ocurren cosas inexplicables. El viejo compra reses sin parar, pero el ganado nunca aumenta; sella habitaciones; refuerza el granero. Y la casa parece contener algo que crece junto con Wilbur, algo que late detrás de las paredes tapiadas.
“Más sitio vais a necesitar, Willy, y más pronto de lo que pensáis, porque eso de ahí crece deprisa.” Las palabras del viejo brujo encerraban una promesa monstruosa.
El secreto, que el lector solo entiende del todo al final, es de una audacia tremenda: Wilbur tiene un hermano gemelo. Y mientras Wilbur ha salido relativamente “humano”, el otro ha heredado sobre todo la naturaleza de su padre verdadero.
El nombre del padre
Porque Wilbur y su gemelo no son hijos de ningún hombre de Dunwich. Su padre es Yog-Sothoth, el Dios Exterior que coexiste con todo el tiempo y el espacio, la Llave y la Puerta de los Mitos de Cthulhu. El viejo Whateley había usado su brujería para que aquella entidad engendrara descendencia en una mujer humana, con un propósito concreto y aterrador: preparar el regreso de los Antiguos, abrir la puerta para que “ellos” volvieran a heredar la Tierra.
Para completar el plan, Wilbur necesita un ejemplar completo del Necronomicón, el libro maldito de Abdul Alhazred, y en concreto el pasaje que permite invocar y dar paso a Yog-Sothoth. Por eso viaja a la biblioteca de la Universidad Miskatonic, en Arkham, donde se guarda uno de los pocos ejemplares del mundo. Allí, el bibliotecario, el doctor Henry Armitage, le niega el préstamo, intuyendo que algo terrible se esconde tras aquel joven anómalo.
La caída de Wilbur y el horror suelto
El plan de Wilbur se derrumba de la peor manera. Una noche intenta robar el libro de la biblioteca y el perro guardián lo destroza. Cuando Armitage y otros profesores acuden, descubren el cadáver: de cintura para abajo, Wilbur no tiene nada de humano. Su cuerpo es una abominación de tentáculos, ojos y bocas que se disuelve hasta no dejar casi rastro. El hijo “presentable” de Yog-Sothoth era ya un monstruo.
Pero lo peor está en Dunwich. Muerto Wilbur, ya nadie alimenta ni contiene a su gemelo. La cosa invisible rompe el granero y se lanza al campo: aplasta casas, mata familias enteras, deja rastros de pisadas colosales y un hedor insoportable. Es enorme, no se la ve, y nada parece poder detenerla.
Aquí el relato da su giro más insólito dentro de la obra de Lovecraft. El doctor Armitage, armado con el saber del Necronomicón que tanto temía, viaja a Dunwich con dos colegas. En lo alto de la Colina del Centinela, mientras la criatura asciende para completar el rito de su hermano muerto, los tres hombres pronuncian un contraconjuro que la hace visible por un instante —una masa de tentáculos del tamaño de un granero, con un rostro semihumano en lo alto— y la destruyen.
“Se parecía más al padre”
El golpe final del relato llega en una sola frase. Un testigo aterrado, que ha visto por un segundo a la criatura antes de que se desvaneciera, balbucea que tenía cara, una cara como la de los Whateley… pero más grande, mucho más grande, y que en el fondo “se parecía más al padre”. El padre, claro, es Yog-Sothoth. La aldea había estado a punto de servir de cuna a algo descendido directamente de las dimensiones exteriores.
El Horror de Dunwich ocupa un lugar especial en el legendarium por ese final de victoria humana, raro en un autor que solía dejar a sus personajes locos o muertos. Pero la victoria es frágil y local: se ha cerrado una puerta, no todas. Los dioses siguen ahí, pacientes, coexistentes con todo el tiempo y el espacio. Y en alguna colina olvidada, rodeada de piedras antiguas, siempre puede haber otro brujo dispuesto a buscar de nuevo la llave.



Comentarios