Terror Literario

El Círculo de Lovecraft: cómo nació una mitología escrita entre varias manos

Cómo Derleth y el Círculo de Lovecraft convirtieron unos relatos sueltos en los Mitos de Cthulhu, y la polémica que aún divide a sus lectores.

El Círculo de Lovecraft: cómo nació una mitología escrita entre varias manos

Imagina un panteón de dioses que ningún sacerdote concibió, que no descendió de una revelación ni de un libro sagrado, sino que fue creciendo a fuerza de cartas, guiños entre amigos y préstamos cómplices entre escritores. Imagina que esos dioses dormidos bajo el océano, esos nombres impronunciables y esos libros prohibidos no pertenecen a una sola mente, sino a una conversación. Los Mitos de Cthulhu son justo eso: una mitología que nunca tuvo un único autor y que, quizá por ello, terminó pareciendo verdaderamente antigua.

Una mitología que se escribió en plural

Howard Phillips Lovecraft, el solitario de Providence, fue el centro de gravedad, pero nunca el dueño absoluto de su propio universo. A lo largo de los años veinte y treinta del siglo pasado mantuvo una correspondencia descomunal con otros autores de revistas pulp como Weird Tales, y en esas cartas no solo intercambiaba teorías sobre el cosmos y el miedo: regalaba sus juguetes. Animaba a sus corresponsales a citar su temido Necronomicón, a invocar a sus deidades, a situar sus historias en la misma Nueva Inglaterra carcomida por lo antiguo.

Aquel gesto era insólito. Mientras la mayoría de los escritores protegía celosamente sus invenciones, Lovecraft hacía lo contrario: cuanto más aparecieran sus elementos en obras ajenas, más reales parecerían. Si un lector encontraba el Necronomicón mencionado en un relato de Clark Ashton Smith y luego en otro de Robert E. Howard, podía empezar a dudar de si aquel libro maldito existía de veras en alguna biblioteca polvorienta. El horror se contagiaba por repetición.

No era un autor construyendo una saga, sino una red de cómplices fingiendo que sus pesadillas compartían un mismo subsuelo.

Las manos que tejieron el tapiz

El llamado Círculo de Lovecraft fue un grupo informal, sin estatutos ni reuniones, unido casi por completo por la tinta y el correo postal. Cada miembro dejó su huella en el tejido común.

Clark Ashton Smith, poeta y escultor además de narrador, aportó una imaginería más decadente y onírica, y entidades como Tsathoggua que Lovecraft adoptó con entusiasmo. Robert E. Howard, el creador de Conan, inyectó energía bárbara y una mitología prehumana que dialogaba con la de su amigo. Frank Belknap Long contribuyó con criaturas memorables que ampliaron el bestiario. Robert Bloch, más tarde célebre por Psicosis, era apenas un adolescente cuando empezó a cartearse con Lovecraft, y ambos llegaron a matarse literariamente el uno al otro en sus relatos, en un juego macabro y afectuoso.

Lo fascinante es que ninguno escribía igual. Smith era barroco; Howard, visceral; Lovecraft, denso y adjetivado hasta el delirio. Sin embargo, todos coincidían en una intuición compartida: la de un universo demasiado vasto y demasiado viejo para que la humanidad importase. Esa coherencia emocional, más que cualquier catálogo de nombres, fue el verdadero cimiento de los Mitos.

Derleth, el albacea que ordenó el caos

Lovecraft murió en 1937, pobre y casi desconocido fuera de los círculos de las revistas baratas. Su obra podría haberse disuelto en el olvido de los kioscos, como la de tantos contemporáneos. No ocurrió, y la razón tiene nombre propio: August Derleth.

Derleth, joven escritor de Wisconsin y admirador devoto, hizo algo extraordinario. Junto a Donald Wandrei fundó una editorial, Arkham House, con el propósito casi único de recopilar y conservar los relatos de su maestro en libros que de otro modo nunca habrían existido. Sin esa decisión empresarial y sentimental, es muy posible que hoy no habláramos de Lovecraft en absoluto.

Pero Derleth no se limitó a archivar. Fue él quien acuñó la expresión Mitos de Cthulhu y quien intentó dar forma de sistema a lo que había sido un juego difuso. Catalogó entidades, trazó genealogías y, sobre todo, propuso una arquitectura moral: enfrentó a unos Dioses Arquetípicos benévolos contra unos Primigenios malignos, y repartió a las deidades según los clásicos elementos: tierra, aire, fuego, agua.

La gran polémica: ¿salvador o traidor?

Aquí empieza el debate que todavía hoy enciende a los aficionados. Para muchos críticos, Derleth traicionó el corazón de la obra. El terror de Lovecraft era cósmico precisamente porque carecía de moral: sus dioses no eran malvados, eran indiferentes, tan ajenos al bien y al mal como un terremoto lo es a las hormigas que aplasta. Imponerles una lucha entre el Bien y el Mal, sostienen, equivalía a meter una teología cristianizante en un universo concebido como un abismo sin sentido.

Conviene ser justos y dejar claro que esto es una interpretación discutida, no una verdad cerrada. Los defensores de Derleth replican que sin su labor de difusión, su esquema y su editorial, la semilla lovecraftiana jamás habría germinado en el bosque que hoy conocemos. Además, algunas ideas que la tradición atribuyó durante décadas a Lovecraft resultaron ser añadidos o reinterpretaciones del propio Derleth, lo que durante años confundió a lectores y estudiosos sobre dónde terminaba uno y empezaba el otro.

El reproche y la gratitud conviven: quien ordenó la mitología fue también quien, según sus críticos, la domesticó.

Una mitología que sigue creciendo

Lo verdaderamente revelador es que la disputa misma demuestra la vitalidad del invento. Una obra muerta no genera herejías. Los Mitos de Cthulhu se han convertido en un territorio abierto donde generaciones enteras de escritores, ilustradores, guionistas y diseñadores de juegos han plantado sus propias visiones, a veces fieles al pesimismo original, a veces rebeldes contra él.

Ese carácter de mitología colaborativa, nacido de unas cartas entre amigos que se prestaban monstruos, anticipó algo que hoy nos resulta cotidiano: los universos compartidos, las ficciones expandidas, las historias que pertenecen a muchas manos. Lovecraft y su círculo inventaron, casi sin proponérselo, una forma de narrar que el resto del siglo aprendería a imitar.

Quizá por eso el Necronomicón sigue apareciendo, una y otra vez, en libros que su autor jamás imaginó. Quizá por eso Cthulhu continúa soñando bajo las aguas, esperando. Una mitología que se escribe entre varios nunca termina del todo de despertar.

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Preguntas frecuentes

¿Quién inventó el término Mitos de Cthulhu?

No fue Lovecraft, sino August Derleth, que acuñó la etiqueta para agrupar y ordenar tras la muerte de su amigo el conjunto de relatos y entidades que distintos autores habían ido compartiendo. Lovecraft, con ironía, llegó a referirse a su universo como Yog-Sothothery, sin pretensión de sistema.

¿Por qué es polémica la aportación de Derleth a los Mitos?

Porque Derleth reorganizó el material lovecraftiano imponiendo un esquema de fuerzas del Bien contra el Mal y una división por elementos que muchos críticos consideran ajena al pesimismo original de Lovecraft. Para sus detractores domesticó un horror que se basaba precisamente en la indiferencia del cosmos; para sus defensores, salvó la obra del olvido.

¿Puedo escribir hoy mis propios relatos de los Mitos de Cthulhu?

En su mayoría sí. La obra de Lovecraft está en dominio público y su mundo siempre se concibió como un espacio abierto a otras plumas, lo que ha alimentado un siglo de continuaciones. Conviene verificar la situación legal concreta de creaciones posteriores de otros autores, que pueden conservar derechos.

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